Marcelo Fuentes
Valencia, 1955

Marcelo Fuentes elige a sus espectadores entre aquellos capaces de establecer complicidades sensoriales, intelectivas y emotivas con sus creaciones.

Su pintura se ha ido despojando de los afanes descriptivos a favor de una mayor esencialidad en la potencia abstracta de la propia pintura. Los seres humanos nunca aparecen en su obra y, de ese modo, como espectadores podemos transitar en solitario los espacios pintados, enigmáticos lugares que se resisten a hacer distinciones entre naturaleza y artificio, porque bajo la acción de los pinceles, montañas y edificios pueden compartir una misma sustancia promover semejantes experiencias estéticas.